Reseña: “La Hybris del Punto Cero: ciencia, raza e Ilustración en la Nueva Granada (1750 – 1816)”

Autor: Diego Chávez

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Datos del texto:

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Castro-Gómez, Santiago. 2005. “La Hybris del Punto Cero: ciencia, raza e Ilustración en la Nueva Granada (1750 – 1816)”. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. 345 páginas.

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Reseña:

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El texto de Santiago Castro-Gómez se inicia con el recordatorio de un pedido de la emperatriz rusa Catalina II que en 1787 escribe al rey de España Carlos III, solicitándole material sobre las lenguas aborígenes de América, para que los sabios de su corte realicen un estudio comparativo de todas las lenguas del mundo; sin embargo, el autor señala que la construcción de esta Gramática general no buscaba en sí misma la comparación de lenguas y la búsqueda de un origen histórico común de todas ellas, sino más bien “descubrir la estructura lingüística subyacente a todas las lenguas del planeta” (pp. 11)[1].

A raíz de este pedido el rey Carlos III ordena la recolección del material existente sobre las lenguas aborígenes en el Virreinato de Nueva Granada, hecho que hace surgir un conjunto de  interrogantes al autor a la luz de los hechos históricos sucedidos antes de emprender esta búsqueda:. , este mismo rey mediante edicto real de 1770 prohibió el uso de las lenguas indígenas en sus colonias americanas, debido al interés de la dinastía de los Borbones de unificar lingüísticamente el Imperio. Por lo tanto, las interrogantes son las siguientes: “¿por qué razón el mismo rey que decreta la extinción de las lenguas indígenas ordena pocos años después recoger todos los estudios existentes sobre ellas? ¿Cuál es la relación entre el edicto de 1770 y la petición de la emperatriz rusa en 1787? ¿Qué tiene que ver la ciencia ilustrada de la lengua con la política ilustrada de la lengua?” (pp. 13).

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A partir de estas interrogantes el autor señala que “la expansión colonial de la Europa moderna supuso necesariamente el diseño e imposición de una política imperial del lenguaje” (Ídem.). Por lo tanto, el lenguaje empieza a ser visto como una herramienta para el dominio y/o la emancipación. El interés de la investigación del texto es resumido en la pregunta por el lugar desde el cual la Ilustración fue leída, traducida y enunciada en Colombia, es decir, la forma en la que los discursos generados por la nueva ciencia fueron re-localizados y adquirieron sentido en Nueva Granada a mediados del siglo XVIII (pp. 15).

Para realizar esta investigación el autor señala la utilización de tres conceptos, el primero de ellos es el de habitus, retomado de Pierre Bourdieu para dar cuenta que la limpieza de sangre actuó como el capital cultural más valioso y apreciado por los criollos ilustrados para diferenciarse y situarse en condición de superioridad respecto a los otros grupos poblacionales; el segundo concepto es el de la biopolítica a partir del que se hace referencia a los esfuerzos del imperio español para implementar una política de control sobre la vida a partir del aprovechamiento de los discursos de la ciencia moderna para ejercer el control racional de la población y el territorio en las colonias a través de ciertas políticas de gobierno, que Michel Foucault denomina como gubernamentalidad; el tercer concepto es el de la colonialidad del poder que se retoma de los desarrollos de Aníbal Quijano, Walter Mignolo y Enrique Dussel y  se refiere a que en las relaciones de poder existe una dimensión cognitiva que se refleja en la producción, circulación y asimilación de los conocimientos.

No obstante, a pesar de utilizar estos tres conceptos para desarrollar la investigación, la misma se encuentra basada en una idea propia de Castro-Gómez que él mismo denomina como la hybris del punto cero, concepto que, por un lado, implica la construcción de un imaginario a partir del cual un observador del mundo social puede situarse en una plataforma neutra de observación que, al mismo tiempo, no puede ser observada desde ningún punto, es decir, este es el punto cero que hace referencia a que el observador estaría en la capacidad de adoptar la mirada sobre el mundo, pero que su poder radica en que su posición no puede ser observada ni representada; por otro lado, la hybris refiere a que los habitantes de este punto cero –los científicos y filósofos ilustrados– pretenden adquirir un punto de vista sobre el que no admiten adoptar ningún punto de vista, entonces, esta pretensión ejemplifica el intento de estos habitantes de llegar a ser como los dioses y carecer de un lugar de enunciación y traducción, idea que es asociada a la arrogancia y desmesura (pp. 18-19).

En otro texto, Santiago Castro-Gómez afirma:

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“Por eso hablamos de la hybris, del pecado de la desmesura. Cuando los mortales quieren ser como los dioses, pero sin tener capacidad de serlo, incurren en el pecado de la hybris, y esto es, más o menos, lo que ocurre con la ciencia occidental de la modernidad. De hecho, la hybris es el gran pecado de Occidente: pretender hacerse un punto de vista sobre todos los demás puntos de vista, pero sin que de ese punto de vista pueda tenerse un punto de vista” (2007: 83).

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Esta idea de la hybris del punto cero es, por tanto, el eje sobre el que Castro-Gómez desarrolla toda la investigación. El capítulo uno del libro –Lugares de la Ilustración. Discurso colonial y geopolíticas del conocimiento en el Siglo de las Luces– parte con una comparación entre lo señalado por Immanuel Kant en su famoso ensayo titulado ¿Qué es la Ilustración?, donde manifiesta que la misma es “la salida del hombre de la minoría de edad” (cit., pp. 21) y, por otro lado, el encargo del virrey de Nueva Granada, don Manuel de Guirior, para “la redacción de un plan de estudios que sirva de base a la organización de una universidad capaz de formar a la elite criolla en los principios científicos de la Ilustración” (Ídem.).

A partir de estos dos hechos, el autor traza una tesis que es la siguiente: “la Ilustración no es un fenómeno europeo que se “difunde” luego por todo el mundo, sino que es, ante todo, un conjunto de discursos con diferentes lugares de producción y enunciación que gozaban ya en el siglo XVIII de una circulación mundial” (pp. 22). Por lo tanto, la Ilustración es vista como una “lucha imperial por el control de los territorios claves para la expansión del naciente capitalismo y de la población que habitaba esos territorios” (Ídem.).

Por lo tanto, lo que intenta mostrar este primer capítulo es la existencia de una relación entre el proyecto científico de la Ilustración –que Stephen Toulmin denomina Cosmópolis– y el carácter geopolítico de los enunciados del mismo. Este proyecto de la Cosmópolis implica la pretensión de construir una forma de conocimiento que tenga como objetos de estudio al hombre y a la sociedad y que esté sometido a leyes físicas bajo el paradigma newtoniano, es decir, la idea de construir una sociedad que esté ordenada racionalmente desde la perspectiva de un poder central que es el Estado (pp. 24).

Es en este punto donde a partir de los postulados de personajes relevantes para la nueva ciencia, como Newton, Toulmin, Descartes, Hume, Smith, Turgot, Bossuet y Condorcet, se generan dos ideas centrales, por un lado, la ya mencionada necesidad de construir esta plataforma neutra y objetiva a partir de la cual se observa el mundo social –la hybris del punto cero– y, por otro lado, la configuración de un patrón evolutivo de desarrollo de las sociedades a partir del cual defender “científicamente” la idea de una no simultaneidad temporal de las sociedades, lo que implica que algunas se habrían “desarrollado” y alcanzado el “progreso” a diferencia de otras donde todavía se vivía bajo patrones “premodernos” de desarrollo, en otras palabras, las sociedades coexisten en un mismo espacio pero su patrón evolutivo es diferente, no son simultáneas temporalmente.

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Es en esta idea de la no simultaneidad temporal a partir de la cual se analiza la taxonomía racial promovida por Immanuel Kant a través de su estudio de la antropología pragmática, pero principalmente de la geografía física que, al pretender estar situada en un punto cero de observación, plantea la existencia de razas moralmente inmaduras. Hechos estos que iban a permitir a Europa situarse como el modelo de desarrollo evolutivo a seguir y, por tanto, como indicador a partir del cual se mide el resto de las sociedades.

A partir de este proceso se empieza a estudiar el paradigma de la modernidad/colonialidad que serían dos caras de una misma moneda, es decir, el desarrollo de la modernidad está estrechamente ligado al desarrollo de la colonialidad y viceversa, por lo tanto, se requiere estudiar la importancia de la modernidad en el proceso de construcción de conocimientos. En primera instancia, el autor recurre a las ideas de Edward Said y su libro Orientalismo donde se plantea la idea que “el dominador europeo construye al “otro colonial” como objeto de estudio (“oriente”) y, al mismo tiempo, construye una imagen de su propio locus enuntiationis imperial (“occidente”)”[2] (pp. 43).

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Por lo tanto, la dimensión cognitiva del colonialismo moderno es lo que el autor denomina como colonialidad que, a su vez, es el elemento constitutivo de la modernidad. Proceso que ha permitido a occidente subalternizar las voces y las formas de conocimientos surgidas en otras regiones del mundo. En vista de ello, se requiere la des-trucción del mito de la modernidad, para lo que utiliza el modelo alternativo de Enrique Dussel denominado “paradigma planetario”, que formula que la modernidad es un fenómeno surgido como resultado de la administración de los diferentes imperios europeos de su posición de centralidad que ocupan en el sistema-mundo. Por tanto,  e procesos como la Revolución Francesa no pueden ser catalogados como fenómenos europeos, sino como mundiales, pues no pueden ser pensados sin tomar en cuenta la relación asimétrica existente entre Europa y su periferia colonial (pp. 49). La importancia de este paradigma dusseliano radica en el hecho que al plantear la idea de fenómenos de carácter mundial, la Ilustración debe ser vista como un fenómeno que es enunciado de forma simultánea en varios lugares del sistema-mundo moderno/colonial, anclándose en diversos nodos de poder (pp. 50).

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La tesis que empieza a surgir en base a estas reflexiones es que el lugar de enunciación del discurso ilustrado criollo coincide con el lugar del discurso de la limpieza de sangre, coincidencia que debe ser vista como un fenómeno de propiedad de la modernidad en la periferia colonial hispánica (pp. 53). Este discurso de la limpieza de sangre es vista por Mignolo como el primer esquema de clasificación de la población mundial que se tornó mundial a partir de la expansión comercial española hacia el Atlántico, lo que demuestra cómo una historia local se convirtió en un diseño global que sirvió de mecanismo clasificatorio poblacional en base al lugar que ocupan las poblaciones en la división internacional del trabajo (pp. 54).

El discurso de la limpieza de sangre tendría sus raíces en la división tripartita del mundo realizada por Herodoto, quien dividió jerárquica y cualitativamente al territorio mundial en tres regiones: Europa, Asia y África; sin embargo, dicha división es reinterpretada por el cristianismo con fines teológicos que le permitieron hacer referencia a las tres regiones donde se asentaron los hijos de Noé –Sem, Cam y Jafet– y permitieron una clasificación jerárquica de orden racial donde los asiáticos y africanos, descendientes de Sem y Cam eran tenidos como seres culturalmente inferiores, a diferencia de los europeos que, al ser descendientes de Jafet –hijo amado de Noé– eran racial y culturalmente superiores (pp. 55).

La importancia de esto radica en el hecho que una vez que se puso en evidencia que las tierras americanas conformaban una región distinta a las ya conocidas, las mismas fueron catalogadas como una prolongación natural de Europa y, por tanto, sujetas a ser el escenario en el que debía prolongarse la cultura del hombre blanco europeo. Aquí es donde se refleja la importancia de la idea de geopolíticas del conocimiento que, como consecuencia de la hybris del punto cero, invisibiliza el lugar de enunciación, es decir, la conversión de un lugar sin lugar (pp. 61).

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Elementos éstos asociados al concepto de colonialidad del poder que no hace referencia a otra cosa que el establecimiento de una relación de poder entre colonizadores y colonizados que está basada en una superioridad étnica y cognitiva de los primeros, lo que implica la constante búsqueda que los indígenas cambien sus formas tradicionales de conocimiento a partir del establecimiento y adopción del horizonte cognitivo de los dominadores, es decir, la implementación de un proceso de violencia epistémica que es ejercida desde la primera modernidad. Por lo tanto, el discurso de la limpieza de sangre se internaliza en la sociedad colonial como un eje constructor de subjetividades que hace del imaginario de blancura el instrumento a partir del que se producen y transmiten los conocimientos.

En el segundo capítulo, titulado Purus ab omnia macula sanguinis. El imaginario colonial de la blancura en la Nueva Granada, se intenta mostrar que “el lugar de enunciación del discurso ilustrado criollo coincide exactamente con el del discurso de la limpieza de sangre, es decir, que en ese lugar geocultural específico coincidían el imaginario moderno del punto cero con el imaginario colonial de la blancura” (pp. 68).

El imaginario de blancura se constituyó en la base sobre el que se emplazó el conocimiento científico de la elite criolla ilustrada pues el discurso de la limpieza de sangre, basado en los rasgos fenotípicos, se constituyó en la herramienta para la determinación de espacios sociales que ocupan las personas y, por tanto, su capacidad de acceso a bienes culturales y políticos que eran traducidos en símbolos de distinción que contaba, principalmente, con dos estrategias por parte de quienes se consideraban parte de la elite, la primera de ellas la construcción de redes de parentesco que implicaba el mantenimiento de la pureza de sangre y, la segunda, la adquisición de títulos de nobleza.

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La configuración del discurso de la limpieza de sangre se convirtió en el eje del desarrollo colonial, pues es a partir de la construcción de este aparato discursivo que se genera los procesos de distinción entre los distintos grupos poblacionales; sin embargo, lo importante no era ser realmente blancos, sino escenificarse socialmente como tales; por lo tanto, el imaginario de la blancura no tenía tanto que ver con el color de la piel como con el estilo de vida que permitía encontrar en la blancura el capital cultural más importante de la época.

Toda la configuración del discurso de la limpieza de sangre producida por la modernidad, y su traducción en el imaginario de la blancura colonial, estuvo sustentada por un orden jurídico que reflejaba que la distinción étnica de la época estaba muy por encima, por ejemplo, de la distinción económica. La producción subjetiva de la blancura se situó en el habitus del grupo dominante criollo, permitiendo que sus integrantes se representaran a sí mismos y su lugar natural en la sociedad, generando una serie de representaciones que Castro-Gómez denomina como la sociología espontánea de las elites (pp. 73).

El proceso de clasificación étnica que es la base de la configuración del imaginario de la blancura en las elites criollas, permitió el uso de una serie de distintivos de rango que generaron lo que el autor denomina –siguiendo a Nietzche– el pathos de la distancia, es decir, la necesidad de manifestar la distancia existente entre los señores y sus inferiores, que se hizo evidente a través de la ostentación de determinados signos exteriores de distinción como el vestuario, el uso del ‘don’ o la ‘doña’ para manifestar la blancura de las personas, la ocupación, el tipo y lugar de la vivienda y la posesión de esclavos. Todos estos rasgos distintivos fueron generando la concentración privada del capital en manos de la nobleza neograndina.

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No obstante, cabe resaltar que la construcción de estas subjetividades a partir del discurso de la limpieza de sangre no fue creada mediante ideas provenientes de libros, sino más bien, a través de prácticas culturales asentadas en una gran red de saber/poder que se ha denominado como la colonialidad del poder. Sin embargo, al ser la blancura una especie de llave de acceso al poder, los grupos subalternos intentaron emprender la apropiación de este capital cultural de la blancura para utilizarla como herramienta de movilización social, proceso que convirtió a la europeización cultural en aspiración compartida tanto por las elites como por las poblaciones subalternas de Nueva Granada. Por lo tanto, el proceso de blanqueamiento cultural fue utilizado no sólo por la elites, sino también por los grupos subalternos que lo utilizaban como táctica de resistencia y movilización (pp. 95).

Sin embargo, citando a Michel Foucault, en el texto se señala que a mediados del siglo XVIII se da un cambio en la idea del buen gobierno que no era otra cosa que la optimización de los recursos materiales y humanos del territorio (pp. 97). Por lo tanto, gobernar bien implicaba un control económico en base a una administración racional que incremente las riquezas y controle la vida de la población en base a la implementación de una serie de políticas centradas en la nueva ciencia del gobierno, en la gubernamentalidad parafraseando a Foucault.

De esta manera, la dinastía de los Borbones de España buscaba la unificación del imperio debido a la pérdida de hegemonía que estaba sufriendo a medida que avanzaban sus poderosos vecinos. Por ello, las políticas basadas en un control de la población, de los recursos y de las leyes ayudarían a crear al denominado homo economicus (pp. 98) que implicaba un incremento en la productividad del imperio español en las colonias americanas. Las reformas borbónicas buscaban la configuración de una perspectiva del todo, es decir, una concentración de procesos de control sobre las instituciones sociales, los recursos naturales y, sobre todo, la vida de la población, es decir, lo que Foucault denominaría la implementación de una biopolítica.

La necesidad de generar sujetos económicos que sirviesen al imperio español y no así a la elite neogranadina implicó un fuerte proceso de expropiación y concentración de capitales por parte del Estado y, por tanto, el relajamiento de las fronteras entre los nobles y los plebeyos, premiando los logros económicos de la población mestiza; proceso que sin duda alguna generó descontento al interior de la elite criolla que veía en la implementación de estas política un degradación de la limpieza de sangre que tanto se había cuidado como símbolo de distinción, violentando así el imaginario criollo de separación castal (pp. 106).

A pesar de la creencia en un proceso armónico a partir del cual las reformas borbónicas generarían una homogeneidad legal, económica y cultural con el fin de promover un poder absoluto del Estado, la implementación de estas reformas incrementaron las tensiones raciales que tuvieron como principales actores a quienes componían la elite criolla que luchaba por el mantenimiento de su status a través del control de los matrimonios desiguales, o el control del capital universitario como recinto privilegiado para la nobleza criolla.

Por lo tanto, se concluye que la expropiación implementada por los Borbones chocaba de forma directa con el habitus de los criollos y, por tanto, generó el fracaso de las reformas borbónica en Nueva Granada (pp. 132). Sin embargo, este proceso había generado la división de la elite criolla en dos bandos, los ortodoxos que impulsaban el mantenimiento del statu quo, y los ilustrados que luchaban por la ruptura de las formas tradicionales de producir y transmitir conocimientos, batalla que fue ganada por los primeros y que generó una continua lucha por el restablecimiento de las fronteras de la distancia que habían sido configuradas mediante el imaginario de la blancura y la limpieza de sangre.

En el tercer capítulo –Biopolíticas imperiales. Salud y enfermedad en el marco de las reformas borbónicas–, se muestra el proceso de desmagicalización del mundo, es decir, el fenómeno de que la Ilustración presuponía una frontera entre los que conocen de “ciencia” y quienes se mantienen en los postulados del “sentido común”; por lo tanto, debido al interés de las reformas borbónicas de incrementar las riquezas del imperio español, se inicio un proceso de implementación de una biopolítica centrada, principalmente, en el control de la vida de la población de las colonias.

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Se modificó la idea de ver a la enfermedad como un mandato divino y, por lo tanto, la salud pública se convirtió en uno de los ejes de la biopolítica imperial borbónica pues se creía que la intervención científica sobre la salud de la población incrementaría la riqueza, por ello, se inicia este proceso de desmagicalización de las ideas tradicionales de la enfermedad y la caridad y se empieza a actuar sobre ellas para aumentar el número de personas que podrían incrementar la riqueza imperial una vez que se actúe sobre ellas con los nuevos instrumentos de la ciencia moderna en la medicina.

El proyecto borbónico de gubernamentalidad demandaba el impulso de una política que facilite el incremento de la población laboralmente activa, lo que exigía el combate a dos grandes enemigos del trabajo productivo: la enfermedad y la mendicidad (pp. 146). Impulsar el crecimiento económica requería entonces la modificación de las ideas sobre las que se asentaba el mundo de la enfermedad y la mendicidad, ello implica, el traspaso de ambos obstáculos al ámbito de lo público y, por tanto, se empieza a ver la necesidad de diferenciar entre las personas pobres pero susceptibles de trabajar una vez mejoren sus condiciones de vida de aquellas personas que se caracterizan por la holgazanería; a su vez, se cambia la idea misma del hospital y este recinto empieza a ser diseñado de forma previa bajo el enfoque racional propio de la ciencia moderna, se generan procesos controlados de otorgamiento de licencias para ejercer la profesión médica y, finalmente, se inicia el inventario de la población que, mediante herramientas tales como la estadística y los censos, permite un análisis para la implementación de una biopolítica destinada al control de la vida de la población.

Todas estas características permiten a Castro-Gómez afirmar que “lo que importaba al Estado tecnocrático no era tanto “quien” realizaba la labor pública (…) sino con qué eficacia la realizaba para cumplir con los objetivos generales diseñados por el gobierno central” (pp. 182); sin embargo, como se podrá ver, este “quién” todavía permanecía en la mentalidad de los criollos ilustrados.

El capítulo cuarto, Conocimientos ilegítimos. La Ilustración como dispositivo de expropiación epistémica, intenta mostrar que existe una relación de complementariedad entre la hybris del punto cero y el discurso de la limpieza de sangre (pp. 185). Esta idea es reflejada en la creencia existente en las elites criollas de una dominio natural que ellas poseían sobre negros, indios y mestizos, quienes eran considerados como inferiores; viéndolo desde esa perspectiva, el discurso ilustrado no estaría planteando solamente una superioridad de unos sobre otros, sino también la superioridad de unas formas de conocimiento sobre otras (pp. 186).

El imaginario de la blancura y el discurso de la limpieza de sangre significaron los instrumentos a través de los cuales se generó un proceso de expropiación epistémica y construcción de hegemonía cognitiva por parte de los criollos. Ello quiere decir que la clasificación étnica producida por estos imaginarios fue trasladad al terreno epistemológico lo que tuvo como resultado una jerarquización también de los sistemas de conocimiento existentes en las colonias, donde obviamente el conocimiento producido por los pueblos europeos era visto como superior a los producidos por los indios.

Este proceso de jerarquización epistemológica estaba sustentado en diversas ideas, por ejemplo, la idea que el paso de la barbarie a la civilización requiere de la configuración de un lenguaje abstracto (pp. 191) que sólo podía ser producido en pueblos civilizados que han desarrollado la ciencia, es decir, nuevamente es remitido como único horizonte civilizacional el generado en la región europea.

La sociología espontánea de las élites a la que se hizo referencia anteriormente, negaba la posibilidad que los miembros de las castas produzcan o transmitan conocimientos válidos. Por lo tanto, la ciencia neogranadina actúa como dispositivo de representación étnica y, por lo tanto, el “otro” es despojado de toda racionalidad cognitiva. Debido al punto cero en el que creían estar situados los criollos, se creyeron con la posibilidad de determinar que las prácticas cognitivas de las castas son pertenecientes al ámbito del mito (pp. 200).

Bajo este marco, es posible afirmar la estrecha relación existente entre el modo de conocimiento científico, el poder colonial y el discurso de la pureza de sangre, lo que se tradujo, en muchos casos, en la idea que los científicos de la periferia del sistema-mundo moderno/colonial se convirtieron en simples consumidores culturales que administran el “saber universal” que es producido en Europa.

En el último capítulo –titulado Espacios estriados. Geografía, políticas del territorio y control poblacional– se demuestra que la geografía ocupaba un lugar privilegiado en imperio español pues a partir de ella se podría conocer no sólo los territorios sometidos, sino también, el levantamiento de información sobre la población y los recursos naturales de las colonias.

La geografía permitía entonces convertir los espacios de las colonias en cualidades objetivas, es decir, en objetos tangible susceptibles de ser controlados (pp. 230) a partir de la implementación de la nueva ciencia de gobernar, la gubernamentalidad.

El interés de objetivar el espacio de las colonias sea asocia a la necesidad de medir el mismo y representarlo a través de una serie de medidas cuantitativas producidas por la ciencia moderna como un lenguaje universal que puede ser leído por todos quienes comprendían los significados de tales estriamientos de la tierra.

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Es en este espacio donde juega vital importancia la hybris del punto cero pues como plataforma neutra y objetiva a partir de la cual leer el mundo social promovió la representación científica del espacio que, como medida de carácter “universal”, determinaba las coordenadas espaciales y, por tanto, alejada de todo tipo de representación cultural, permitía que todos quienes se formaron en la nueva ciencia puedan interpretar las estrias producidas por un conocimiento científico que no podía ser reducido a la percepción cotidiana de los actores sociales (pp. 238), pero que sí servía como instrumento de los propósitos de las políticas de la gubernamentalidad del Estado.

Finalmente, el epílogo del libro retoma la interrogante central con la cual se inició el mismo, es decir, la relación entre la ciencia ilustrad de la lengua y la política ilustrada de la lengua, haciendo referencia nuevamente a la misiva enviada por la emperatriz rusa Catalina II al rey de España Carlos III.

Después del análisis exhaustivo realizado por la investigación en torno al discurso de la limpieza de sangre y el imaginario de la blancura configurado por la elite criolla en Nueva Granada, es posible percibir que el edicto de 1770 en el que se reivindicaba al español como única lengua a ser utilizada en las colonias implicó una manifestación de ascenso de la nueva clase criolla de Nueva Granada y, por lo tanto, el mandato del rey Carlos III de recopilar los estudios que hacían referencia a las lenguas nativas implicó la necesidad que tenían las élites criollas de determinar el momento específico al que correspondían estas denominadas piezas arqueológicas de las lenguas indígenas, necesidad y discurso anclado en la confianza al conocimiento científico que se halla en lo que en el estudio se ha denominado la hybris del punto cero y, a su vez, en el potenciamiento de lo que se conoce como la colonialidad del poder.

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[1] De aquí en adelante, las referencia a las páginas son del libro que se intenta reseñar, salvo en casos específicos donde se señale la necesidad de remitirse a otro documento.

[2] Esta idea es muy parecida a la planteada por el sociólogo boliviano René Zavaleta, quien sostenía la existencia de una mutua determinación en las relaciones de poder, es decir, que no puede existir un amo sin un esclavo, por lo tanto, el amo se determina a partir de la existencia del esclavo y, a su vez, este último no existe si no tiene referencia del amo.

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Cofradía Política se constituye en un grupo de investigación académica conformado por jóvenes profesionales de distintas áreas con el fin de generar opinión pública a través de columnas de análisis fundamentadas no sólo en las percepciones particulares del hecho político y literario, sino también en construcciones teóricas que buscan desentrañar las especificidades de la dinámica de la política y la literatura a nivel nacional e internacional.

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